Javier Rocafort Apesteguía escribió varias cartas a su mujer Dominica Lozano, desde su encierro en el fuerte San Cristóbal, fechadas entre finales de Julio de 1936 y el 6 de abril de 1937. En esta correspondencia trata de tranquilizar a su familia y a pesar de las duras condiciones en las que se encontraban los presos, jamás una queja que pudiera inquietarles, sólo cariño y confianza para su mujer y sus dos pequeños hijos, Mª Ángeles y Roberto de sólo 4 y 2 años de edad.

 
Roberto:
Me recuerdo mucho de los chicos … Por mí estar muy tranquilos, porque estoy muy bien….Y como yo nada he hecho, a mí nada me harán, me tomaron declaración y como es natural no me procesaron porque no han encontrado ni señal de causa, por lo tanto estoy muy tranquilo.

El jueves te marchaste un poco preocupada porque te pareció que estaba yo más delgado, pues he de decirte que estoy como siempre, muy bien, sólo que como no sabía que ibas a venir no me afeité y la barba desfigura mucho, ya te decía en la carta anterior que no vendrías porque en primer lugar hace mucho frío y a mí me da pena que lo pases por verme, pues yo te escribiré todas las semanas. No tengas ninguna pena por mí que estamos bien, yo lo que quiero es que tú te encuentres fuerte y serena para las cosas, yo sabiendo que estáis bien ya no tengo penas.

Domi, cuídate mucho, a ver si te encuentro bien lo mismo que estabas antes, pues me llevaría un disgusto si te encontrara desmejorada, aunque ya me figuro que trabajando tanto como lo que tú trabajas no se puede estar bien, Domi me parece que voy a ser tan feliz cuando nos juntemos con nuestros hijos como nunca, pues, créeme que todo lo que haces tú por nosotros, si tengo salud, pienso compensártelo con creces, con nada material se te puede pagar, sino moralmente, como ya sabes que lo haré…

Tú ahora que tienes más gastos no te preocupes por mí, y tú y los chicos cuidaros todo lo mejor posible, pues ya sé que tú te quitarás de lo tuyo para que a los hijos y a mí no nos falte nada, así como yo no te podré pagar nunca lo que haces por mí aunque viva cien años, lo mismo harán los hijos cuando sean mayores, bien les haré reconocer lo mucho que tú te sacrificas por ellos, pues ya me dijo madre que están los dos muy gordos y muy majos, pues esto es lo que más me tranquiliza a mí, porque así comprendo que no se les conoce la falta de su padre, y así no sufro por ellos, sólo por ti.

Por eso que te repito en todas las cartas que ya tendré tiempo si hay salud, para compensártelo todo con creces y algo más que no se paga con ningún dinero y no quiero hablarte más de esto porque ya te diré algo, el día que nos juntemos para siempre

Le dices a Mª Angeles que le que le llevaré una muñeca y a Roberto un caballo.

Pero la muñeca y el caballo no llegaron nunca porque lo mataron el mismo día que escribió esta carta.